Un día a la vez
Entonces envió Jezabel a Elías un mensajero, diciendo: Así me hagan los dioses, y aun me añadan, si mañana a estas horas yo no he puesto tu persona como la de uno de ellos.
1 Reyes 19:2
Durante mucho tiempo, esta palabra ha estado en mi corazón y quiero compartirla con ustedes, para que también les sirva de edificación en sus vidas.
Jezabel, esposa de Acab—el rey débil, como se lo conoce—había oído que Elías había acabado con los profetas de Baal. Al enterarse, envió un mensajero para amedrentar a Elías, jurándole su muerte.
Aquí surgen muchas preguntas:
- ¿Tenía Jezabel el poder de acabar con la vida de Elías?
- ¿Por qué envió un mensajero en lugar de simplemente ordenar que lo mataran?
- ¿Qué quería lograr con esta acción?
Y con estas preguntas vienen también las respuestas.
_Jezabel no tenía ninguna ganancia al matar a Elías._
Lo que realmente quería era desanimarlo, para que, poco a poco, muriera espiritualmente. Porque, hermanos, la muerte espiritual trae consecuencias mucho más profundas, no solo para nosotros, sino para todos aquellos que han vuelto a Dios a través de nuestro testimonio sobre Su poder. Más aún que la muerte física.
Muchas veces nos encontraremos con personas que buscan nuestra muerte espiritual, que quieren silenciar nuestro testimonio.
Elías había hecho descender fuego del cielo, había derrotado a los profetas de Baal, y muchas personas se habían vuelto a Dios. Todo esto, Jezabel quería erradicar de la faz de la tierra. Sabía que la única forma de lograrlo era apagando lo que moraba dentro de Elías.
Lo que Jezabel no sabía era que Elías tenía a un Dios Todopoderoso y grande en misericordia, dueño del tiempo, fuerte en batallas: Jehová de los ejércitos.
Cuando Elías, abrumado, se recostó bajo un enebro (planta medicinal), el ángel de Jehová llegó a su encuentro y le puso delante comida y bebida para fortalecerlo. Elías comió, bebió y se durmió. Al despertar, el ángel aún estaba allí con más alimento para el profeta, junto con unas palabras que lo levantaron del abatimiento:
"Come y bebe, porque largo camino te resta."
Entonces, Elías caminó durante 40 días y 40 noches por el desierto.
Cuando llegó a una cueva, se refugió allí. La Biblia menciona muchas veces las cuevas, y en más de una ocasión vemos que, lejos de ser un lugar de escape, se convierten en un espacio de refugio.
En la cueva, Elías pudo presenciar:
- Un viento fuerte y poderoso, pero Jehová no estaba allí.
- Luego, un terremoto, pero Jehová tampoco estaba allí.
- Después, un fuego, pero Jehová tampoco estaba allí.
- Finalmente, un silbido apacible… y así Jehová se presentó ante Elías.
Tal fue la gloria de Dios, que Elías tuvo que cubrir su rostro.
Hermanos, el Señor me ministraba con esta palabra y me decía: Yo puedo ser un viento recio, un terremoto, puedo manifestarme en fuego… pero Elías necesitaba que Yo fuera un silbido apacible.
¡Ay de aquellos que toquen a los ungidos de Jehová, porque pueden conocer Su ira destructora!
Los hijos de Dios no huimos, buscamos Su presencia.
Los hijos de Dios no dormimos, nos fortalecemos en el Señor.
Los hijos de Dios no estamos solos, forjamos una relación con Él.
Los hijos de Dios no nos escondemos, nos refugiamos bajo las alas del Altísimo.
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